En Italia, dos meses después de las elecciones, hoy tienen finalmente gobierno. En él, figuran juntos ministros de los hasta ahora enemigos y no sólo rivales, Pd y Pdl, junto a unos pocos de otros dos partidos. La crisis lo merece o, mejor dicho, el país y los ciudadanos lo necesitan.
Quedan por tanto aparcadas (o quizá sólo marginadas) las invectivas mutuas y la oposición por principio: si uno dice blanco acerca de algo, el otro dice negro de entrada, porque sí, para que se vea que no coincidimos en nada, que "nosotros no nos mezclamos con esa gentuza", y así.
Pues bien, recibo de Alejandro Navas el artículo que sigue, que refleja un estado de cosas en el solar hispano. Donde dice Frechilla de Campos, a los efectos del asunto tratado, bien podía entenderse Estado español o algo así:

He estado
recientemente en Frechilla de Campos, el pueblo palentino donde pasé los
felices veranos de la infancia. Llevaba unos diez años sin ir por allí, y noto
algunos cambios. El declive demográfico sigue imparable: el pueblo apenas tiene
ahora ciento cincuenta habitantes. Cincuenta años atrás casi llegaba a los mil
y era cabeza de partido judicial.
Algunas naves industriales jalonan el campo
que se extiende por el paisaje. Más casas deshabitadas, pero también otras
renovadas, en las que el ladrillo ha sustituido al adobe. Gente que salió del
pueblo, para trabajar en la capital o incluso en Francia, mantiene la casa y
pasa ahí las vacaciones.
Es bueno que permanezcan las raíces. Los interminables
campos de trigo siguen igual. Los árboles brillan por su ausencia: el
agricultor de Tierra de Campos no los quiere, pues su sombra perjudica al trigo
y roban suelo al cereal. Tractores y cosechadoras han sustituido a las
caballerías, y el satélite de la Unión Europea vigila superficies y cultivos.
En la plaza del
pueblo hay un bar con cierta animación. Casi enfrente se adivina otro, a medio
construir.
Me cuentan que lo ha promovido un exalcalde. Se trata del típico
cacique, hábil en conseguir prebendas y colocar a sus afines, que se encaramó
también a diputado provincial. Sus manejos se saldaron con un juicio por
prevaricación y una condena que lo inhabilita para el ejercicio de cargos
públicos. Los parroquianos habituales del bar tradicional pertenecen al “otro
bando” –por muy escasa que sea la población, siempre hay espacio para dividirse
en dos grupos irreconciliables--, así que resultaba impensable que el exalcalde
y los suyos pudieran frecuentar ese local. Era obligado, por tanto, disponer de
un bar propio.
Los contactos del cacique facilitaron la obtención de una
subvención de 30.000 euros para la construcción de un bar y club social. Pero
ese importe no cubre la totalidad del presupuesto, así que la sede ha quedado a
medio construir.
Pienso en Frechilla como ejemplificación, a
escala reducida, de dos de nuestros más típicos vicios nacionales: el
sectarismo ideológico y la irresponsabilidad en el manejo del dinero público.
Estando en Castilla
resulta obvio recordar a Antonio Machado: “Españolito que vienes al mundo, te
guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Parece que la
derrota o la descalificación del adversario se antepone a la solución de la
tremenda crisis que sufrimos.
Basta con que
una idea o propuesta venga del bando contrario para que se descarte sobre la
marcha. Sería inadmisible que “ellos” pudieran apuntarse el tanto de la
solución de tal o cual problema. El juego gobierno-oposición prevalece sobre
las demandas o necesidades del país. Los mismos grupos políticos modifican el
sentido de su voto sobre idénticos asuntos según estén en el gobierno o en la
oposición, o según gobiernen en una autonomía y hagan oposición en otra.
La
ciudadanía acaba reducida al papel de figurante mientras los políticos ocupan
todo el escenario con sus mezquinas trifulcas.
¿Cómo se puede
justificar la subvención pública para instalar otro bar en un pueblo de ciento
cincuenta habitantes? Los males que han llevado al país al borde del precipicio no son exclusivos de la clase
política nacional: cunden en el último rincón de cualquier provincia.
Pienso en
los frontones, casas de cultura desmesuradas y otras obras públicas que se han levantado
en Navarra con los fondos europeos de cohesión (luego nos indignamos cuando
Angela Merkel tiene la “osadía” de decir que ya no vale financiar el bienestar
a base de deuda). El ajuste económico, que era inevitable, ha castigado sobre
todo a la clase media, a los empleados y autónomos. Pero eso no basta para la
recuperación económica.
El Gobierno nos debe el ajuste de la Administración
pública: revisión de la maquinaria estatal, reforma del sistema autonómico,
reestructuración municipal, depuración de las empresas y entidades públicas. En
el casi año y medio transcurrido desde la toma de posesión, el Gobierno de
Rajoy ha hecho muy poco a este respecto. Como si creciera el miedo a acabar con
el clientelismo endémico que lastra nuestra vida política.
Ante la magnitud de
nuestros problemas, la solución no puede consistir en el simple relevo de un
Gobierno por otro.
La coyuntura que atravesamos exige al menos un pacto de
Estado entre PP y PSOE, algo que la calle viene pidiendo desde hace meses y
meses. Los partidos políticos, enzarzados en sus rivalidades, hacen oídos
sordos a un clamor cada vez más indignado. Tras redefinir el marco de
funcionamiento, la tarea de regeneración deberá ser capilar. Las reformas
estructurales que indican los mercados y la Unión Europea quedarán en nada si
no creamos entre todos una nueva cultura política que haga imposibles casos
como el de mi pueblo.
[Diario de Navarra, 30-IV-13, p. 13, $]